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Bartolomé Mitre: Fundar el Estado, consolidar la Nación

28 de Abril, 2026
Santiago Martin y Pedro MolinaPor Santiago Martin y Pedro Molina
Bartolomé Mitre: Fundar el Estado, consolidar la Nación

Hombres y proyectos de la Argentina

Aquí expondremos el transcurso biográfico y político de Bartolome Mitre como constructor del Estado nación, con sus ideas liberales y centralistas, entendiendo cómo se relacionan su pensamiento político con este proceso y la importancia de su figura en torno a la solidificación de las instituciones nacionales.

Una figura tan controvertida en la tradición histórico/política argentina como la de Mitre requiere un análisis amplio en pos de entender la trayectoria de un hombre que tomó relevancia pública de muy joven y a través de distintos frentes: el periodismo, la literatura, la historiografía, la función pública, entre otras tantas actividades, todas influidas por diferentes eventos que fueron moldeando su proyección política y transformandola.

Las ideas de Mitre, basadas en el liberalismo institucional y el centralismo del poder, sentaron las bases del Estado argentino moderno, con sus sesgos y al mismo tiempo con su innegable necesidad en la formación de la Nación. Es interesante pensar esta ideología con su correspondiente accionar como figura en la función pública en contraste con las ideas que retomó posteriormente la doctrina justicialista y entender la vejez de algunas concepciones y la vigencia que otras todavía pueden conservarse.

JUVENTUD, EXILIOS Y PARTICIPACIÓN EN URUGUAY

Juventud y exilios de Mitre

Bartolomé Mitre nació en Buenos Aires el 26 de junio de 1821, hijo de un funcionario rivadaviano, desde pequeño acompaño a su familia a los distintos parajes donde su padre era enviado como administrador. Transitó su infancia principalmente entre Carmen de Patagones -donde vivió el enfrentamiento del 7 de marzo de 1827 en el marco de la Guerra con el Brasil- y el Uruguay. En un breve lapso en que su familia volvio a instalarse en Buenos Aires, el pequeño Bartolomé fue enviado a trabajar en la estancia de Gervasio Rosas, hermano de Juan Manuel de Rosas (quien ya había atravesado su primera magistratura y volvía de su expedición al desierto).

En su juventud en Montevideo, en plena época rosista, se desarrollo como militar, destacando en su investigación en artillería, considerado por algunos autores como un destacable de la época para su poca edad. Fue parte del Partido Colorado, luchando en las filas de Fructuoso Rivera y acompañando en el famoso Sitio Grande de Montevideo (1843-1851).

Con la derrota de Rivera frente a Oribe en 1845 y su exilio en Río de Janeiro, Mitre se consolido en la oposición al caudillismo rioplatense, conservando la resistencia al gobierno de Rosas -a quien decía odiar y apoyó un atentado en su contra- y la búsqueda de la restauracion nacional. Sin embargo la vuelta de Rivera a Montevideo y problemas internos entre estos obligó al artillero a exiliarse en Bolivia, donde residían varios emigrados argentinos, hacia 1847.

En esta primera etapa, Mitre representaba las ideas de los jóvenes de su generación que habían atravesado condiciones parecidas a este, como lo podemos ver en la producción de la conocida "Generación del 37", que tomaban las influencias europeas y entendían que el arte no podía cerrarse en sí misma, sino que debía proyectarse hacia la política y la historia.

Esto aparece junto con el sentimiento patriótico del prócer, lo que implicara su abandono de ser artista literario y su vuelco total a la gestión política. Podemos ver esta pertenencia argentina y porteña en su correspondencia durante su estancia en el Uruguay: "yo sufro mucho, no tanto por las penalidades de la campaña, cuanto por estar confundido entre hombres que ni son capaces de comprender mis sentimientos ni tienen una idea de lo que es patria, y algunas veces tengo que sufrir humillaciones, y las sufro por la patrio, porque tengo fe en que lucirá el dia de la libertad; cuando pienso en la patria me olvido de mi e inclinó la cabeza ante un ultraje porque quiero combatir por la libertad de la República Argentina…".

Su espíritu patriota también aparecerá numerosas veces durante su vida en ocasión de los aniversarios de la Revolución de Mayo, cuando aprovechaba para expedirse en tiempos donde la libertad, tan preciada en sus escritos y pronunciamientos, aparecia relativizada y vulnerada. En su caso particular, este sentimiento patriótico se exacerba por su contexto de inmigracion y exilio, viendo en la figura del Brigadier Rosas la negación de la libertad que tan fundamental parecía ser en su concepción. Durante su participación en el sitio de Montevideo, en ocasión de esta fecha, publicó una nota periodística donde llamaba a estar a la altura de ese acontecimiento haciendo una "guerra verdadera" contra aquellos "sangrientos restauradores del sistema colonial", exaltando los principios de libertad, igualdad y democracia que surgieron de aquel hito histórico.

Sin embargo, este sentimiento nacional y unionista tampoco estaba exento del eurocentrismo que caracterizó a los intelectuales de su generación. En ese sentido, expresaba "Europa debe mirarse como un conjunto de pueblos que marchan a la cabeza de la civilización del mundo y no como una liga de reyes".

En la altura boliviana fue colaborador del medio La Época, defendiendo con sus publicaciones la posición del país residente en un conflicto económico con el Perú; escritos que, luego de un cambio de autoridades en el país que lo obliga a volver a exiliarse, provocaron su rechazo para establecerse en el país Inca. Finalmente el último destino del desterrado sería Chile, donde sufrirá las peores consecuencias del exilio: la pobreza y el alejamiento de su familia que seguía en Montevideo.

Durante esta etapa Mitre fue fundamental en la utilización de la prensa como una herramienta de pronunciamiento político e ideológico, generando siempre una gran repercusión en las defensas u oposiciones que planteaba desde su labor periodística, considerando al periodismo como la herramienta moral y civilizada de su época para alcanzar el porvenir.

Al otro lado de la Cordillera, donde se estaba en plena modernización y paz interna, exaltó su necesidad de volver a su patria para poder llevar el progreso más allá de Buenos Aires. Desde allí consolidó su lugar como parte de quienes se expresaban políticamente en la prensa para participar en los procesos institucionales de América en su conjunto (durante su estancia aquí fue parte de la redacción de El Progreso, diario liberal, junto a figuras como Sarmiento y Alberdi). Buscaba específicamente proyectar -y advertir- los sucesos en el Río de la Plata, bajo la creencia que todo americano debía involucrarse en los acontecimientos políticos de cualquier parte del continente para defender la libertad, así como si se estuviera en el país natal, lo que le ganó diversos opositores a su intromisión extranjera.

Con la llegada de la noticia del pronunciamiento de Urquiza contra Rosas y la conformación del Ejército Grande que depondría al Restaurador, Mitre y sus compañeros vieron la oportunidad de participar en el levantamiento y volver a su patria. Regresó a Uruguay y se incorporó al ejército, participando en la Batalla de Caseros del 3 de febrero de 1852, viendo de cerca la caída de quien consideraba el culpable del exilio y desarraigo que marcó su juventud.

BONAERENSE Y ARGENTINO

Mitre bonaerense y argentino

En su búsqueda del desarrollo de los intereses nacionales entendía que no había cuestión económica que no tenga por detrás otra cuestión política y social, planteando que la pobreza lleva a la tiranía y la riqueza conduce a la libertad y la ilustración. Decia que el porvenir argentino depende del arreglo de sus intereses materiales, ya que las revoluciones y guerras son consecuencia de peleas económicas violentadas, por lo que conviene llevar al terreno pacifico los odios profundos y la división de opiniones que de otro modo apelaran a la fuerza para prevalecer.

Entendió perfectamente que, luego de la caída de Rosas con el país en camino a sancionar su primera constitución, el viejo unitarismo había perdido definitivamente la batalla ideológica y, con tantos antecedentes federales, no debía seguirse abogando por la vieja concepción centralista de principios del siglo XIX, siendo el único camino posible el sistema federal, pero dominado desde la protección y hegemonía de la hermana mayor Buenos Aires -años después, luego de las elecciones presidenciales de 1874, exclamaba ante sus seguidores "¡vivan las Provincias Unidas del Río de la Plata, verdaderamente unidas! ¡viva Buenos Aires, su invencible cabeza de columna en las luchas por la libertad argentina!"-. Durante este proceso de organización nacional a través de la venidera Constitución, se pronunció especialmente en la defensa de la libertad de prensa, la propiedad privada y el derecho al sufragio.

También se expresó sobre la cuestión capital: Buenos Aires debía ser el faro rector del país y su capitalización no debía defenderse en el interior, sino dentro de la misma ciudad, donde los ciudadanos se oponen a lo que ya sucedía de hecho, que Buenos Aires está al servicio de la Nación; siendo necesario para esto matar el provincialismo. Seguiría esta línea cuando, ya siendo Presidente, fue uno de los impulsores de federalizar la Provincia de Buenos Aires.

A pesar de su discurso de unión nacional, como legislador porteño y periodista fue protagonista del rechazo al Acuerdo de San Nicolas, aquel pacto que convocó al Congreso que redactó nuestra Constitución histórica, por las amplias facultades que le otorgaba a Urquiza, viendo en su antiguo líder la sombra del trauma rosista; sumado a la representación igualitaria de todas las provincias, herida en el orgullo bonaerense. En aquellas jornadas de junio de 1852 que terminaron en la división de Buenos Aires y la Confederación, fue la voz que más convocó a los porteños, expresándose por la unidad mediante el acuerdo de voluntades y rechazando la forma tiránica en que lo hizo el vencedor de Caseros.

Desde su lugar como ministro del Estado separatista, se distanciaba del espíritu general y prevaleciente en el medio -el de la lucha armada- y recomendaba la resolución pacífica. En correspondencia con Sarmiento opinó "...prefiero la paz a la guerra, como medio de consolidar los principios y las instituciones, salvando la moral; dar vigor saludable a los pueblos… aunque sería mejor ganar una batalla y organizar de nuevo la república sobre la base de victorias, ¿por que un hombre racional debe renunciar a la esperanza de obtener este resultado sin necesidad de medios que comprometan el mismo fin que se tiene en vista?".

Se encargo de defender su posicion nacionalista en los debates por la Constitucion de Buenos Aires, sosteniendo los derechos de la nacionalidad y la integridad de la Republica por encima de cualquier persona o conflicto, no concibiendo a Buenos Aires por fuera de la Nacion -aunque posteriormente fue acusado publicamente de fomentar la separacion absoluta hacia 1857, lo cual fue aceptado pero minimizado por el propio Mitre, justificandose en el estado de animo que la lucha provocó en los dirigentes-. A pesar de posicionarse en contra, dejó en claro que tomaría una postura legalista, manifestando sus diferencias pero aplicando y defendiendo fielmente la Constitución, cualquiera fuera su texto.

En sus publicaciones en el diario oficialista porteño Los Debates tambien se explayaria sobre la cuestion economica de la época de secesion, oponiendose a la emision monetaria y proponiendo una mejora de las materias de producción, y a la defensa de las autoridades que se eligieran legalmente, considerando que hostigarlas era lo mismo que "hostilizar la soberanía misma" y era violar el espíritu de las leyes supremas.

Para mitades de la década del 50' era cada vez más inevitable la lucha armada entre la provincia rebelde y la Confederación, ambas ya organizadas constitucionalmente, lo que estallara pocos años más tarde. Mitre dejó su lugar en la Sala de Representantes y asumió la jefatura del ejército, enfrentado al ejército nacional en Cepeda en 1859. De esta batalla resulta la derrota de los separatistas y la reincorporación definitiva de la provincia a la Nación.

A pesar de la derrota, Buenos Aires pudo reformar la Constitución como condición de incorporarse (con al firma del Pacto de San Jose de Flores), siendo Mitre ya gobernador desde 1860, cuando pudo por primera vez a su Nación unida concretamente. Manifestó en la jura a la Constitución Nacional reformada (había sido convencional de la misma) que se había acabado el proceso que iniciaron los revolucionarios de 1810 y aquellos héroes de la independencia, después de tanto derramamiento de sangre habían cumplido el sueño de los fundadores de la patria. Ahora las miras del periodista estaban en afianzar el predominio porteño, sin embargo al conflicto que parecía haber terminado todavía le faltaba su punto quiebre.

PRESIDENCIA DE LA NACIÓN

Presidencia de Mitre

La resolución definitiva llegó con la Batalla de Pavon de 1861, enfrentados los mismos contendientes que en Cepeda -Mitre y Urquiza-. Con un resultado confuso e históricamente discutido, la retirada del entrerriano implicó su derrota y la oportunidad para que Mitre encabezara el ya comenzado proceso de organización nacional. Esto comprende la tensión entre su discurso pacifista y la resolución armada de Pavon que consolidó la supremacía política y económica de la provincia portuaria. Pavón no solo significó el fin del proceso de unificación nacional, sino también la imposición de un modelo nacional con Buenos Aires como eje rector del Estado Nación, mostrando la dualidad del mitrismo: unión nacional mediante la hegemonía.

Consecuente a la batalla, Don Bartolo tomó el cargo de del Poder Ejecutivo Nacional, en un breve periodo hasta que fue elegido democráticamente, lapso en que se enfrentó a levantamientos en el interior, que sofocó violentamente (especialmente se recuerdan los enfrentamientos con Chacho Peñaloza, quien años después sera asesinado brutalmente por orden de Sarmiento, en ese momento ministro de la gestión mitrista), y a la división del partido liberal en Nacionalistas -priorizaron la Nación a la provincia- y Autonomiastas -sostenían los intereses porteños por encima de la unificación nacional-.

Ya con el país unido y siendo Presidente, marcó cuál era el nuevo objetivo: la consolidación del Estado Nacional. Entre sus primeras medidas estuvo la apertura comercial de ríos -procurando que los empresarios no tengan concesiones excesivas-, la construcción del palacio donde funciona el Congreso Nacional, regularización del servicio postal, de la Tesorería y Contaduría Nacional, la organización del cuerpo consular y diplomático para solidificar la posición internacional como así también el desarrollo de puertos y del ejército. A propósito de las relaciones con otros países no sudamericanos y los modelos de país, se aumentó ostensiblemente la relación diplomática con los Estados Unidos (en plena guerra civil), a través de su representante Sarmiento. Mitre se declaraba admirador de Abraham Lincoln como patron del republicanismo, repudiando publica y repetidas veces su asesinato. Posteriormente, principalmente en su actividad legislativa, expondría reiteradas veces ideas y ejemplos liberales de este país.

En el breve periodo entre la toma del poder nacional de facto hasta las elecciones que lo definieron como presidente constitucional (un poco menos de un año entre 1861 y 1862), se destaca la gran actividad legislativa que comenzó a hacer realidad la Constitución sancionada casi 10 años atrás. Destacamos la conformación de la Corte Suprema de Justicia y la reglamentación del Poder Judicial -mediante la ley 27-, la fijación de límites provinciales y el establecimiento del carácter nacional de todos los territorios que desde 1853 estuvieran fuera de los límites y posesiones provinciales.

Finalmente, el 12 de octubre de 1862 Mitre y Marcos Paz fueron elegidos mediante el sufragio como Presidente y Vicepresidente respectivamente.

En su gestión dispuso la creación del Colegio Nacional de Buenos Aires como casa de educación científica donde convergen la juventud y la exigencias cívicas colectivas del país, además de recibir, por cuenta del Estado, cierto porcentaje de estudiantes pobres del interior. Asimismo subvencionó institutos de aprendizaje de todo el país y creó otros colegios nacionales de bachiller y militares en el interior, con la misma garantía de educación para jóvenes que no podían acceder a la misma.

Tomó un proyecto de transporte ferroviario comenzado por Urquiza que quedó trunco, inaugurando el Ferrocarril Central Argentino con una concesión a una empresa británica, dándole porciones de tierra pero con la condición de poblar esos espacios cedidos. También se puso en marcha la mejora de los servicios postales y los trabajos para unir telegráficamente a Buenos Aires con países limítrofes.

Tuvo especial preocupación por el balance de las cuentas públicas y el desarrollo económico. Organizó el tesoro y consiguió tener una de las rentas más altas de América.

En esta consolidación del Estado Nación también se encargó de impulsar diversas codificaciones de leyes de fondo y por fin reemplazar las vieja legislación hispánica que mantenía al país lejos de la línea de modernización y soberanía jurídica: declaró ley de la Nación el Código de Comercio de Acevedo y Velez hecho para la Buenos Aires, encargó a Vélez la redacción del Código Civil, a Tejedor el Código Penal, y dedicó varios años a desarrollar instituciones estatales destinados a trabajos, cultura y bienestar.

Esta gestión evidencia la vocación institucional de Mitre, materializada en la puesta en marcha efectiva de la Constitución, organizado los poderes del Estado e impulsando la educación, infraestructura y la modernización jurídica, sentando las bases del andamiaje estatal, pero al mismo tiempo conviviendo con la imposición política en el interior. Esta dualidad define su gobierno y el rasgo estructural de la formación de nuestro Estado.

GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA

Guerra de la Triple Alianza

La participación en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) es uno de los episodios más controvertidos y significativos del gobierno mitrista. Junto con los gobiernos del Brasil y de Uruguay, la Argentina se enfrentó al Paraguay de Francisco Solano Lopez, país que, en un marcado proteccionismo, había logrado un desarrollo modelo en América.

La guerra en enmarca dentro de la defensa regional y la legalidad internacional, al mismo tiempo que expone las tensiones internas del pensamiento de Mitre, quien construyó su discurso en torno a la libertad y la institucionalidad, y ahora conduce un conflicto con consecuencias devastadoras para todos los beligerantes, especialmente para Paraguay.

Este conflicto, el más grande de América del Sur, encuentra origen en las tensiones entre el Imperio del Brasil y Paraguay con la intervención del primero en Uruguay, lo que Lopez interpretó como una amenaza regional y lo decidió a atacar al imperio. El pais guarani solicitó permiso a Argentina para atravesar su territorio, lo que fue rechazado por el gobierno y derivó en la invasión paraguaya a Corrientes en 1865. Esto llevó a la firma del Tratado de la Triple Alianza, que propició la superioridad bélica para imponerse al avance del ejército de Lopez.

Así, la guerra comenzó a desarrollarse principalmente en territorio paraguayo, donde se dieron las batallas más duras. Para 1866 el conflicto se transformó en una guerra de desgaste, en un escenario de enfermedades, malas condiciones, clima sofocante y muchísimas bajas. Mitre comandó al pie del cañon las fuerzas aliadas, aunque tuvo que delegar el mando para regresar a Argentina debido a la muerte del vicepresidente en funciones ejecutivas Marcos Paz y la acefalía del gobierno.

El conflicto finalizó en 1870 con la derrota total de Lopez, con el Paraguay devastado y habiendo perdido gran parte de su población, ni hablar de la destrucción económica.

A nivel político, la guerra implicó la descentralización cada vez mayor del poder en manos del gobierno nacional, con sus respectivas resistencias internas, costo humano e impacto económico, enfrentando el gobierno críticas y cuestionamientos. Podemos sostener que este conflicto funcionó como una consolidación estatal, en cuanto a fortalecer el gobierno central y el ejército nacional, pero al mismo tiempo evidencia los límites del ideario liberal aplicado a contextos de conflicto real.

ACTIVIDAD POLÍTICA POSTERIOR

Actividad política posterior de Mitre

El tramo final del gobierno estuvo signado por el desgaste de conflictos internos e internacionales, que a pesar de afectar la estabilidad política, también puso a prueba la solidez del trabajo institucional que Mitre tanto ayudó a construir. La sucesión presidencial, lejos de implicar una ruptura de la línea practicada, fue el camino al poder de Domingo Faustino Sarmiento en 1868, con quien compartía su visión liberal, eurocentrista y modernizadora del Estado en sus diversas caras (educación, instituciones, infraestructura, etc). Esto se dio dentro de un marco de tensiones del espacio política que lideraban, teniendo en cuenta que la imposibilidad de reelección obligaba a respaldar una figura como la del sanjuanino, confrontativo en su imposición de liderazgo, sin miedo a disputar su lugar en liberalismo nacional.

Este cambio de autoridad puede entenderse como el fin de una primera etapa de reorganización nacional, donde se asentó el Estado, que fue profundizada por Sarmiento en otros aspectos claves, como la educación primaria o la modernización social.

Para esta altura, a sus 50 años, pleno en su capacidad, Don Bartolomé fue elegido Convencional Constituyente Provincial ante el llamado del gobernador bonaerense Castro a reformar la carta magna. En el proceso eleccionario se destaca el llamado de Mitre a conformar una lista única apoyada por todos los partidos, que no tenga por objeto preponderancias políticas a fin de darle practicidad a la reforma. Consiguió poner de acuerdo a adversarios de todos los sectores para establecer las reglas que los regirá a todos por igual y asi perfeccionar las bases para el sistema de gobierno.

Como Senador Nacional durante este periodo, entre diversas intervenciones legislativas destacamos especialmente la referida a una discusión con Dalmacio Velez Sarsfield, en razón de la construcción de obras en el puerto bonaerense ordenada durante su presidencia. El jurista defiende la aceptación del gobierno nacional a una propuesta privada para llevarla a cabo en detrimento de la realizada por la Provincia, a lo que Mitre respondió a favor de la intervención estatal. A pesar de ser un defensor acérrimo del liberalismo económico, aceptaba excepciones a fines de la necesidad pública, como las vías de comunicación en este caso particular, debiendo el Estado procurar los medios para el bien del pueblo, especialmente ante la divergencia entre los intereses particulares y las conveniencias públicas. El ex-presidente logró que el proyecto volviera a comisión, aunque el Poder Ejecutivo retiró el proyecto.

Otro punto a traer a la luz en torno a su figura es la ética política que pregonaba en relación a las figuras públicas. Publicaría en La Nación: "El gobernante de un pueblo libre no pontifica en la calle y en la casa de gobierno; pero en el santuario de su alma, sea que se halle en presencia del pueblo o este solo con Dios, siempre rinde culto a lo que es verdadero, a lo que es bueno, ennobleciendo la conciencia humana y dignificando el carácter de los que forman parte de la vida pública".

Durante la meditacion sobre la propuesta de ser candidato presidencial del Partido Nacionalista para las elecciones de 1874, que finalmente acepto para cometir -finalmente perdiendo- contra Avellaneda por el recien creado PAN, reflexcionaba sobre la renovacion politica en un manifiesto dirigio a Ecuador Acosta que mantiene total vigencia: "...pienso hoy mismo que no me tocaba aspirar al poder, ni disputarselo a nadie, dejando a la espontaneidad del pueblo la iniciativa que le corresponde en lo que a él solo le interesa y en lo que él es mejor juez; comprendiendo, por otra parte, que en el desarrollo creciente de las sociedades democraticas, los hombres deben renovarse, las ideas rejuvenecerse y los partidos regenerarse…". Justificaría su aceptación en "salvar algunos de los grandes principios del derecho republicano" y en la necesidad de lucha contra la alianza de gobernadores que impulsaba Sarmiento, bajo el argumento de que harían fraude electoral.

Con la llegada del régimen conservador del PAN, Mitre siguió ocupando cargos públicos electivos. Consideraba a Roca un gran estratega político, halagando sus políticas de progreso pero criticando la gestión económica.

Como parte importante de la vida política nacional, fue parte de la negociaciones para definir el apoyo bonaerense a los sucesores del Régimen, opinando sobre los candidatos de las época: Dardo Rocha era una "calamidad" y Bernardo de Irigoyen un intelectual y buen administrador, pero moralmente imposible por su adhesión al Rosismo en su juventud. Tampoco adhería a Juarez Celman, que finalmente fue el elegido por Roca para el periodo 1886-1892, por considerar que tenía poca trayectoria de trascendencia. Siguiendo la línea que había accionado en los comicios nacionales anteriores, desde La Nación se lamentó del fraude y violencia política que terminaron marcando esa fecha.

Frente a la dominancia política del PAN, conocida como "el unicato", Mitre vio cómo proseguía la violacion a los valores democráticos que decía defender y comprobó que su opinión sobre Celman no estaba errada. Notaba la falta de soluciones que éste aportaba frente a la crisis económica que comenzó a azotar al país.

Así, a finales de la década del 80', comenzó consolidar una oposición con énfasis en la juventud, no en busca de ganar fuerza política, sino formar cabezas nuevas que enfrenten algo que venía notando y le preocupaba: el desapego cívico del pueblo. Daría forma a la Unión Cívica de la Juventud.

En el ocaso de su vida volvieron a surgir aspiraciones de volver a ocupar el sillón de Rivadavia, bajo el discurso de generar "un movimiento nacional que condensa el voto público y las legítimas aspiraciones del pueblo argentino" como la única vía posible para restablecer la República.

Sin embargo, el giro hacia las armas que tomaron los jóvenes de la Unión, encabezado por Alem, hicieron que Roca se determine dividir la oposición, lo que terminó en una decisión más que polémica de Mitre: acordar con el PAN, partido que criticó altamente por la mala gestión de Celman y el fraude político. Previo a un viaje ocioso a Europa, se entrevistó secretamente con el Zorro y acordó formar una lista con candidatos de ambos partidos para las elecciones de 1892, encabezada por el mismo Mitre.

Desde el Viejo Mundo se enteró y apoyó la Revolución del Parque liderada por su partido. Con la consecuente renuncia de Celman y el ascenso del vicepresidente Pellegrini, se manifestó con fe en el gobierno de este último en vistas de la normalización económica y democrática.

La maniobra política de Roca dio resultados y con el anuncio del acuerdo logró el quiebre de la Union Cívica en dos partidos: el Nacional -mitristas- y el Radical. El escaso apoyo que consiguió el acuerdo, que había conformado la lista con Mitre y Uriburu como cabezas, llevaron a que renuncie a candidatear, lo que fue el fin de su carrera política activa.

En sus últimos años fue elegido Senador Nacional nuevamente, aunque se abocó a su trabajo como periodista e historiador, con pocas intervenciones en la Legislatura. Entre homenajes y distinciones, se expidió sobre la Argentina que estaba viviendo: "Nos queda mucho por hacer y por aprender. Nos falta determinar y dar temple al carácter nacional, formar nuestra costumbres constitucionales, purificar la vida política, animar el espíritu público, aprender a gestionar nuestros negocios, y a gobernarnos por nosotros mismos; en una palabra, nos falta completarnos… yo saludo desde mi ocaso la aurora de ese memorable día venidero, animado por la grande esperanza de que nuestra patria entrará triunfalmente en ese, en la inmortalidad de la vida de los siglos. Digo desde la sombra de los largos años, a los que alcanzaran a ver renacer las luces seculares del sol de Mayo, que marchen con aliento hacia adelante, siempre adelante".

DESPUÉS DE MITRE

Después de Mitre

La muerte de Mitre no significó que el mitrismo muriera con él, pero tampoco fue igual. Como pasa con los hombres que hacen época, su nombre comenzó a pesar más que su doctrina, y su doctrina más que su práctica. El mitrismo se volvió una tradición: una forma de mirar el país desde Buenos Aires, de entender la Nación como un orden ya dado más que como un conflicto en movimiento.

Lo que impulsó durante su vida, después de su muerte, tendió a cristalizarse en forma de dogma, siendo funcional a un orden que ya no necesitaba fundarse, sino justificarse. El mitrismo sobrevivió, pero como un lenguaje de elite que hablaba de República mientras el país empezaba a desbordar.

Cuando ese lenguaje empieza a no alcanzar para explicar -ni contener- a la Argentina que crece, aparecen nuevos protagonistas que no vienen a negar puramente su discurso, sino que parece como respuesta a ese desfasaje, como lo hizo el general Peron. En ese punto donde la figura de Mitre dejó de ser pasado y comenzó a ser problema, porque aquello que había construido debe ser reinterpretado, ampliado o discutido, aparece esta nueva forma de hacer política que ya no hablaba solo en nombre de la Nación, sino también del pueblo que la habitaba.

La articulación entre las figuras de Bartolomé Mitre y Juan Domingo Perón, lejos de agotarse en la contraposición que ha dominado buena parte de la historiografía argentina, puede leerse como una secuencia. El trabajo conjunto de las 2 figuras en la edificación de una conciencia nacional.

Mitre aparece como el organizador de un país que debía dejar de ser promesa para convertirse en forma. Su tarea no se limitó a la arquitectura institucional, que de por sí fue decisiva, sino que avanzó sobre un terreno más sutil y duradero: el de la imaginación histórica. Allí donde había dispersión de memorias provinciales, caudillismos en pugna y relatos inconexos, Mitre propuso una narrativa que, con todos sus sesgos, logró instalar un principio de inteligibilidad común. Dicho en términos menos académicos: le dio a los argentinos una historia que podían contarse entre ellos sin dejar de reconocerse como parte de un mismo drama.

Ese gesto tuvo consecuencias políticas de largo alcance. Porque un Estado no se sostiene solo en leyes y ejércitos: necesita, además, un repertorio simbólico que lo legitime y lo haga habitable para quienes lo integran. La llamada "excepcionalidad argentina" funcionó en su momento como una hipótesis movilizadora: la idea de que este país no era un accidente sino un proyecto con destino. Ahora bien, lo que en Mitre fue fundación, en Perón devino expansión. Si el primero trabajó sobre la unidad formal de la Nación, el segundo operó sobre su densidad social. Perón irrumpe en una Argentina que ya tiene Estado, instituciones y relato, pero donde amplios sectores permanecen en los márgenes de esa comunidad imaginada. Su mérito consistió en traducir aquella construcción abstracta en experiencia concreta. Donde antes había ciudadanía nominal, el peronismo introdujo ciudadanía vivida.

Desde esta perspectiva, el peronismo no destruye la obra mitrista, sino que la somete a una prueba de realidad. La Nación que Mitre había narrado debía ahora verificarse en la vida cotidiana de los trabajadores, en su acceso al bienestar, en su capacidad de incidir en el destino colectivo. Y es allí donde Perón actúa como un reformulador práctico de la idea nacional: la baja del plano épico al plano social, sin por ello renunciar a la épica.

Hay, además, un punto de contacto particularmente en el terreno cultural. A pesar de las polémicas entre revisionistas y liberales, el propio peronismo no prescindió del andamiaje historiográfico heredado. Las reediciones de textos clásicos, la persistencia de ciertos próceres en el panteón oficial y la continuidad de programas educativos muestran que el relato mitrista, lejos de ser erradicado, fue reapropiado. Esto sugiere que, más allá de las disputas retóricas, existía un reconocimiento implícito.

Dicho de otro modo, Perón comprendió que la Nación no se inventa de cero cada vez que cambia el signo político. Se la resignifica, se la amplía, se la discute, pero siempre sobre un suelo previo. La relación entre ambos líderes se vuelve menos antagónica y más dialéctica porque Mitre fijó un lenguaje y Perón lo vuelve inteligible para nuevas mayorías.

También en el plano internacional puede advertirse una línea de continuidad. Mitre pensó a la Argentina como un actor relevante en el concierto sudamericano, con una misión que excede sus fronteras inmediatas. Perón, en un contexto distinto, retoma la idea de que la Argentina no debe resignarse a un papel periférico, sino aspirar a incidir en su entorno regional, e incluso propone una arquitectura económica sudamericana con Argentina en la cabeza.

En suma, la relación entre Mitre y Perón puede pensarse como la de dos momentos complementarios de un mismo proceso histórico: uno orientado a la construcción de la forma nacional, el otro a su democratización sustantiva. Si el primero diseñó la casa, el segundo decoró y amuebló sus habitaciones y permitió que muchos más pudieran habitarla.

EL AMPARO