Evita: De bronce y bronca

El día que Evita murió, no se apagó un fuego: se encendió un volcán. Y su lava quema las conciencias y erupciona la pregunta: "¿Qué haría Evita hoy?". No voy a hacer aquí la biografía de Eva Perón, que hoy cumple 73 años de su paso a la inmortalidad (26 de julio de 1952), pero sí voy a abrazarla con estas líneas, porque los pueblos no se equivocan cuando elevan a sus muertos al altar de los símbolos.
Evita tuvo que entender pronto cosas que llevan su tiempo aprender. Que no iba a tener nunca ciertas cosas: un papá, una familia, un auto. Pero ella no quería aprender esa lección. Aprendió rápido lo que a otros les lleva una vida: que el hambre no es una desgracia, sino un crimen. Conoció el apetito, la vergüenza, los zapatos apretados y rotos, y la mirada hacia abajo. Soportó en varias fiestas patrias la dádiva de "los respetables" que le acariciaban la cabeza con cierta prevención. Ahí empezó a odiarlos prolijamente. Ella hablaba a los pobres porque se hablaba a sí misma; estaba desgarrada como todos aquellos a los que nadie les regaló un mañana, o mejor dicho, se lo robaron.
La vida le jugó sucio a Eva, y ella le devolvió la jugada. Su confesor la definió como "un fuego que quema, pero se consume a sí mismo". Y vaya si ardió. No dormía, comía poco. Trabajaba todo el día, sabía que el tiempo no le iba a alcanzar. Su cuerpo se estremecía ante el dolor de sus "grasitas". Hospitales, hogares, la república de los niños y la ciudad infantil, miles de casas y máquinas de coser, colonias de vacaciones, campeonatos de fútbol, asilos de ancianos: todo era para ellos. ¡Pero cuidado! Las "señoras decentes" se escandalizaban cuando Evita, "una cualquiera", se paseaba con trajes de París y joyas relucientes. "¡Qué indecencia!". Pero sus grasitas la veían como a una reina, su reina, y eso les quemaba el alma. Porque Eva no era caridad: era justicia con elegancia.
No se puede hablar de Evita sin nombrar a Perón, como no se habla del sol sin la luz. Pero ¡ojo!, no fueron marido y mujer; fueron algo más peligroso: un arma política con el gatillo del amor. No era la "señora de", ese título de cartón que usan las esposas decorativas; era la compañera de trinchera. Cuando el General hablaba de "los descamisados", ella los abrazaba; cuando él negociaba con los poderosos, ella les recordaba con su sola presencia que el pueblo ya no tenía miedo. Juntos hicieron lo imposible: que un general de ejército y una actriz de radioteatro le devolvieran la dignidad a los que solo conocían la humillación. Mientras Perón construía hospitales, Evita los inauguraba; cuando él firmaba decretos, ella los convertía en pan, en zapatos, en abrazos.
La derecha odiaba a Evita más que a Perón: él era un militar; ella, la voz de los que no merecían voz. La izquierda le reprochaba su falta de teoría, pero los pueblos no necesitan citas de intelectuales para saber que tienen hambre. Perón articuló la doctrina; ella le dio calor humano.
"La mayoría de los hombres que rodeaban a Perón creyeron que yo era una simple aventurera. Mediocres al fin, no habían sabido sentir como yo, quemando mi alma al fuego de Perón, su grandeza, su bondad, sus sueños y sus ideales. Medían mi vida con la vara pequeña de sus almas"
—Eva Perón: Mi Mensaje
Caprichosa, con mucha niñez sin estrenar, con mucho por vivir y poca vida. Evita es todo lo que "ellos" desprecian: no tiene ni apellido ni transparencia en su vida privada, viene de muy abajo y es la voz de aquellos que se le parecen. Perón es un general que quiere sintetizar a la nación, y solo con Evita ese imposible se volvió realizable.
Después del '55, "ellos" festejaron su muerte mostrando en las calles sus tapados y sus joyas, las mismas que Evita había hecho propias para el común de la gente. Hasta su cadáver fue secuestrado, como si creyeran que matando el cuerpo matarían el mito; ni con dieciocho años de proscripción lograron borrarla. Porque Evita ya no era de carne y hueso: era de bronce y bronca.
Y mientras haya uno solo de sus grasitas que sueñe con una patria justa, libre y soberana, el monumento a Evita no estará en Recoleta: estará en las calles, en las fábricas, en los hogares. Donde siempre debió estar.
"Creo que así como algunas personas tienen una especial disposición del espíritu para sentir la belleza más intensamente que los demás, y son por eso poetas o pintores o músicos, yo tengo, y he nacido con una particular disposición del espíritu que me hace sentir la injusticia de manera especial, con una rara y dolorosa intensidad"
—Eva Duarte de Perón: La Razón de Mi Vida